Pro multis

Q. Padre, una pregunta.

A. ¿Sí…? 

Q. ¿Por qué en la consagración dijo “por todos los hombres” y no “por muchos”?

A. ¿Eh…?

Q. ¿Por qué en la consagración dijo “por todos los hombres” y no “por muchos”?

A. Porque así está en el misal, ¿no?

Q. Pero la Santa Sede ha dicho que de ahora en adelante es mejor utilizar la fórmula “por muchos”, que es más fidedigna: es la misma que usó Nuestro Señor en la última cena.

A. Sí, pero eso… ¿es una orden, acaso, eso?

Q. Bueno, la carta del cardenal Arinze…

A. ¡Bueno! ¡Es una carta, nomás…!

Q. …del prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

A. Bueno, bueno…

Q. ¿Y la instrucción Liturgiam authenticamque entró en vigor en abril del 2001? ¿Y la carta del papa Benedicto al presidente de la Conferencia Episcopal Alemana¿No lo sabía?

A. Sí, sí lo sabía. ¿Y?

Q. ¿Y el hecho de que Jesucristo en el Evangelio no haya dicho nunca “por todos” sino “por muchos”?

A. Sí…

Q. ¿Entonces, por qué dijo “por todos los hombres”?

A. Y, no sé, hijo, ¡seguramente la costumbre!

Q. Ah, ¿entonces usted consagra la sagrada eucaristía por costumbre, por rutina?

A. …

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Homenaje tardío al maestro

El viejo maestro Guareschi siempre es bienvenido en este blog. Pasados pocos días de su cumpleaños número 105, se le recuerda más que nunca. 

Giovanni Guareschi

Rece por nosotros, maestro.

(Ya que nuestro homenaje llega tarde, traemos a colación una publicación también tardía —más bien póstuma—  del gran Giovannino. Muerto en 1968, esta obrita suya, Don Camillo e i giovani d’oggi —la penúltima de la serie del tremendo curazo de La Bassa— vio la luz en 1969, y fue escrita en plena efervescencia postconciliar. La entrada es larga, pero nuestros “veinticuatro lectores” verán que vale mucho la pena). 

Vinieron por lana y salieron trasquilados(1)

El curita progresista enviado por la curia a hacer entrar en vereda a don Camilo se llamaba don Francesco, pero en gracia a su personita enjuta y nerviosa, a su atildado traje de clergyman, a aquella su continua agitación, había sido rebautizado por la gente, que lo llamaba don Quiquí, apodo que no significaba nada en concreto, pero que da una idea perfecta del personaje en cuestión.

Don Quiquí, una vez desmixtificada exteriormente la iglesia, desencadenó su ofensiva en profundidad con una serie de sermones que eran una continua y ardiente denuncia de la maldad y las culpas de los ricos.

Mucha gente dejó de asistir a misa, y don Camilo, al encontrarse con Pinnetti, le preguntó por qué no se dejaba ver ya por la iglesia.

—Yo —respondió Pinnetti— he trabajado honradamente toda la vida para conseguir lo que tengo y no me va eso de ir a la iglesia para oírme insultar por don Quiquí.

—A la iglesia no se va por respeto al sacerdote, sino por respeto a Dios. Y al no ir a la iglesia, se ofende a Dios, no al sacerdote.

—Sí, reverendo. Mi cerebro lo comprende, pero mi hígado no.

No se trata de un gran razonamiento, pero tenía su lógica, y, dado que las defecciones aumentaban, don Camilo habló de ello con el curita.

—Está escrito: «Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico por la puerta del Reino de los Cielos» —respondió perentoriamente don Quiquí—. La puerta de la Iglesia no debe ser más ancha que la del Paraíso. Dios creó el mundo para que sea de todos los hombres, y el rico es tal porque ha robado lo de otros. Si no hubiera ricos, no habría pobres, y tampoco habría robados si no hubiese ladrones. El rico es un ladrón y, por ende es exacto decir que la propiedad es un robo. La Iglesia de Cristo es la Iglesia de los pobres, porque solamente de los pobres es el Reino de los Cielos.

—La pobreza es una desgracia, no un mérito —replicó don Camilo—. No basta ser pobres para ser justos. Y no es verdad que solo los pobres tengan derechos, y solo los ricos, deberes. Ante Dios, todos los hombres tienen exclusivamente deberes. Aparte lo demás, usted aleja de la Iglesia también a gente que no es rica. Su campaña contra la guerra, por ejemplo, es justa; pero no se puede tratar de criminales a quienes la hicieron y, con frecuencia, dejaron en ella la salud o la vida.

—¡Quien mata es un asesino! —gritó don Quiquí—. No existen ni guerras justas ni guerras santas: toda guerra es injusta y diabólica. La ley de Dios dice: «No matarás», «Amarás a tu enemigo». Reverendo: ¡esta es la hora de la verdad y hay que llamar al pan pan y al vino vino!

—Es peligroso llamar pan al pan y al vino vino donde el pan y el vino son la carne y la sangre de Jesús —rezongó don Camilo, terco.

Don Quiquí le miró con expresión de sincera compasión.

—Don Camilo, la Iglesia es una gran nave que, hace siglos, estaba anclada. Ahora hay que zarpar y hacerse a la mar de nuevo. Y es menester renovar la tripulación: liberarse sin piedad de los malos marineros y poner proa hacia la otra orilla. Allí es donde la nave hallará las nuevas fuerzas para rejuvenecer a la tripulación. ¡Ésta es la hora del diálogo, reverendo!

Don Camilo se encogió de hombros:

—Veinte años atrás, cuando usted balbucía las primeras palabras, yo ya andaba a trompadas con los comunistas.

—¡No estoy hablando de rebeldía, de intransigencia, de violencia —gritó don Quiquí—, sino de diálogo, de coexistencia!

—Litigar es el único diálogo posible con los comunistas —respondió don Camilo—. Al cabo de veinte años de litigios, aquí estamos aún todos vivos: no veo mejor coexistencia que esta. Los comunistas me traen sus hijos a bautizar y se casan ante el altar, mientras yo les concedo, como a todos los demás, el único derecho a obedecer las leyes de Dios. Mi iglesia no es la gran nave que dice usted, sino una pobre barquita; pero siempre ha navegado de una a otra orilla. Ahora es usted quien la guía y yo le dejo hacer porque así se me ha ordenado; pero le aconsejo que no se propase. Usted aleja a muchos hombres de la vieja tripulación para embarcar a otros nuevos en la otra orilla: cuide de no perder a los viejos sin encontrar a los nuevos. ¿Recuerda la historia de aquellos frailecitos que se orinaron sobre las manzanas pequeñas y feas porque estaban seguros de que saldrían otras estupendas, y luego estas no salieron y los pobrecitos tuvieron que comerse las pequeñas y feas?

—¡Los chistes de frailes han pasado ya de moda! —exclamó, riendo, don Quiquí—. El buen sembrador no arroja la semilla a la tierra sin haber arrancado antes la mala hierba.

Don Camilo era un pobre cura rural, y a diferencia de don Quiquí, había leído pocos libros y leía poquísimos periódicos. Por tanto, aparte las reformas litúrgicas, no comprendía cuál era el nuevo camino emprendido por la Iglesia. Ni podía comprenderlo porque, hacía ya veinte años, y antes que nadie, don Camilo caminaba ya por su propia cuenta por este nuevo camino, lo cual le había procurado grandes disgustos. Por tanto, era lógico que no sintiese simpatía por aquel curita inexperto, llegado allí para enseñarle a hacer de sacerdote y que solo conseguía vaciarle la iglesia.

Sic stantibus rebus, Pinetti llegó a la casa parroquial.

—Mi hija ha de casarse —dijo Pinetti—. Pero quiero que se case como nos casamos mi mujer y yo, mi padre y mi madre: ante el mismo altar y con el mismo rito.

—¡Su hija se casará conforme a lo establecido por la Iglesia! —le respondió, agresivo, don Quiquí—. Acuérdese, señor Pinetti: esta no es ninguna tienda donde uno escoge el artículo que desea. ¡Y recuerde también que, ante Dios, su dinero no vale nada!

—Vale algo para mi hija y para su futuro marido —replicó ásperamente Pinetti—. Por tanto, si ambos quieren que suelte las perras de la dote, deberán casarse ante el alcalde.

Don Quiquí se puso en pie de un brinco:

—Si esa es su fe cristiana —chilló—, ¡la Iglesia hace un buen negocio al perder a un cristiano como usted!

—¡En cambio, para la Iglesia es un mal negocio tener curas como usted —replicó Pinetti encaminándose hacia la puerta.

Don Camilo había permanecido en silencio, pero cuando Pinetti se hubo marchado, suspiró:

—Es el primer matrimonio civil que se celebrará en mi parroquia.

—¿Y por eso —exclamó don Quiquí— había que aguantar tal vez el chantaje de ese granuja?

—No es ningún granuja y no pedía nada que fuese contra las leyes de Dios.

—¡La Iglesia debe renovarse! —gritó el curita—. ¿Acaso no sabe usted nada delo que se ha dicho en el Concilio?

—Sí, he leído algo —respondió don Camilo—, pero es demasiado difícil para mí. Y no puedo ir más allá que Cristo. Cristo hablaba de modo sencillo, claro. Cristo no era ningún intelectual, no usaba palabras difíciles, sino solo las humildes y fáciles palabras que todos conocen. Si Cristo hubiese participado en el Concilio, sus discursos habrían hecho reír a los doctísimos Padres conciliares.

—¡Tiene usted ganas de bromear, reverendo! —respondió el curita—. Pero no cabe duda de que si Cristo volviese a la Tierra, hablaría de manera distinta a como lo hizo entonces.

—¡No! —afirmó resueltamente don Camilo—. De lo contrario, los pobres ignorantes como yo no lo entenderían.

—¡Don Camilo, la verdad es que usted no quiere comprender!

—Yo solo comprendo los hechos. Y, para mí, el matrimonio civil de la hija de los Pinetti es un hecho mucho más importante que todos los doctísimos discursos de los Padres conciliares progresistas. Un matrimonio civil es una mortificación para la Iglesia y un ultraje a Dios. Y eso precisamente cuando el verdadero problema consiste en que la Iglesia se abre a un mundo que en gran parte no cree. Millones de personas han perdido la fe religiosa. Esta es la única cosa que he comprendido de todo cuanto se ha dicho sobre el Concilio. Y es la más importante, porque la ha dicho el Papa.

Don Quiquí abrió los brazos:

—Sin exagerar las cosas —dijo—, convengo en que sería mejor que no se celebrara ese matrimonio civil. ¿Por qué, reverendo, no los casa usted en su capilla? Es privada, y allí todo estaría en regla.

—Es algo que debe meditarse largamente —respondió don Camilo.

En realidad no lo reflexionó ni siquiera un segundo, pues era precisamente lo que soñaba. En efecto, la hija de Pinetti se casó en la capillita de don Camilo, y asistió tanta gente, que se llenó no solo la iglesita, sino también el jardín. Y entre la gente se hallaban también todos aquellos a quienes don Quiquí había alejado de la iglesia, lo cual fue un gran consuelo, para don Camilo.

(1) Giovanni Guareschi. Don Camilo y los jóvenes de hoy. Trad. de Domingo Pruna. Barcelona: Plaza & Janés, 1974, pp. 38-42.

Oído al pasar [I]

“Disculpen, pero primero quiero ver que a Nuestro Señor se le rinda el culto que se merece con majestad y decoro, que la liturgia coincida con lo que en verdad cree la Iglesia sin distorsiones, que haya recta doctrina para que el pueblo de Dios no se desvíe de su camino por senderos llenos de lucecitas multicolores que huelen a puertas anchas, que el sumo pontífice se haga respetar por sus obispos y por las conferencias episcopales; después de eso recién prestaré atención a de qué color son sus zapatos, si toma bus o camina, o si toma Chianti o prefiere una Quilmes. Gracias”.

Humilde ayuda para apologetas neoconservadores

Alejandro Bermúdez

Alejandro Bermúdez

Nos comentaba ayer un lector sobre el mal rato que, con toda seguridad, estarán pasando algunos periodistas y divulgadores —como Alejandro Bermúdez, José María Iraburu o Luis Fernando Pérez Bustamante— al contosionar sus razonamientos para defender una supuesta hermenéutica de la continuidad en el tema litúrgico entre Benedicto XVI y su santidad Francisco: intentó con mucho arrojo empezar la reforma de la reforma, el primero, y la viene destruyendo por completo, el segundo.

Aunque parezca mentira, en El Blog del FAQ nos condolemos con el sufrimiento neocón, de modo que la simple fantasía de estos tres hermanitos —como diría seguramente el primero de ellos— sudando frente a sus teclados, nos quitó el sueño. Por esa razón, El Blog del FAQ hizo suya la preocupación, e indicó a nuestro comité de salvataje de neocones que no podría dormir hasta no hallar una solución (práctica, por cierto, que por sí sola ya haría las delicias de los mencionados).

Después de este proceso, el comité nos alcanzó esta pequeña propuesta que franciscahumildemente ponemos a su disposición a manera de carta abierta. Va con cariño.

Es evidente y clarísimo, pero clarísimo, que existe una continuidad entre el magisterio litúrgico de nuestro genial papa, el querido Benedicto XVI, de grata memoria, y el magisterio litúrgico de nuestro genial papa, el ya querido Francisco: quien no quiera verlo es una persona con dos dígitos de cociente intelectual… ¡y dos dígitos bien bajitos!

Pero de todas maneras, aquí en [ACI Prensa/InfoCatólica/etc.] se lo vamos a explicar. Nuestro genial papa, su santidad Benedicto XVI, emprendió un esfuerzo por renovar la liturgia llevándola a sus fuentes, a beber de su sobriedad, elegancia y belleza originales. Hizo esto no solo en sus propias celebraciones litúrgicas —y me consta personalmente—, obedientes a todas las rúbricas, cargadas de recato y belleza al mismo tiempo, rescatando elementos antiguos como el saturno, el camauro, el fanón; sino que también lo hizo quitando la prohibición haciendo explícito que nunca estuvo prohibido en la Iglesia celebrar la misa con el rito romano ordinario según el misal de 1962, la correctamente mal llamada misa tridentina: todos recordamos el hermoso y genial motu proprio Summorum pontificum, que desde esta [bitácora/página web/portal/canal, etc.] fuimos los primeros en alabar, celebrar y, sobre todo, difundir y recomendar, etc. Además, el genial antecesor del genial papa Francisco se empeñó bastante en corregir y sancionar abusos litúrgicos de personas que no comprendían o no tenían claro el rito romano. Por su parte, nuestro genial papa, su santidad Francisco, sigue en esta línea de renovación y de purificación y embellecimiento de la liturgia. ¿Y cómo?, se preguntarán varios de ustedes. Pues al desobedecer varias normas litúrgicas, al improvisar y hacer lo que le viene en gana, y practicar diversos actos que constituyen claros abusos litúrgicos —explícitamente sancionados—, nos hace ver la gran y urgente necesidad de volver a lo que Benedicto ya se esforzó por hacer. Nadie como nuestro genial sumo pontífice, el querido papa Francisco, ha hecho tanto en tan poco tiempo por mostrar a la Iglesia la necesidad de una reforma litúrgica con reglas más claras y enérgicas.

Va con cariño, amigos apologetas neoconservadores: esperamos que lo sepan apreciar y que le den buen uso a este material que le costó una amanecida a nuestro equipo. Humildemente creemos que de otra manera no se puede enlazar en continuidad la obra litúrgica de ambos pontífices, geniales los dos al mismo tiempo, por cierto.